Sirviendo a los necesitados con una sonrisa

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Una mesa de picnic puede provocar muchas memorias de carnes asadas, de reuniones familiares y de juntas de trabajo. La mesa de picnic en el patio lateral del comedor de beneficencia de Casa María es un es un lugar de reunión en donde amigos se aseguran de que todos hayan sobrevivido la noche anterior.


El comedor de beneficencia, ubicada en East 25th Street en el Sur de Tucsón, es una casita de adobe que a primera vista no parece gran cosa, pero que le da a los indigentes del área un asilo grato en donde pueden tomar un tazón de sopa, bañarse y tener la oportunidad de conocer a otros que están en la misma situación. Pacientemente, la gente espera en línea a que abra el comedor a las 6:30 a.m., que comienza por dar café, donas y rosquillas de pan. Alrededor de las 10 a.m., se le da sopa a cualquier persona que entre al comedor, sin hacer preguntas.


Cada mañana, hasta 700 personas reciben bolsas individuales de comida, y se reparten 225 bolsas familiares a los menesterosos después de que cierre el comedor a las 11 a.m.

Voluntarios llenan las bolsas con varios productos, desde sándwiches hasta comida enlatada, que son donados por supermercados locales como Safeway y Food City, al igual que por iglesias de cualquier denominación.


Al cruzar la calle del comedor, hay un lugar donde los indigentes se pueden bañar, lavarse los dientes y recoger ropa que fue donada a Casa María.


El padre David Innocenti creó el comedor de beneficencia en 1983 con el financiamiento de la Diócesis de Tucsón. En ese entonces, se les servía comida a unas 90 personas, la mayoría era jóvenes solteros. Casa María es una de las 150 Casas del Trabajador Católico en el país, según Brian Flagg, el coordinador y un voluntario de Casa María, y es muy parecido a otras casas de trabajadores. El comedor no recibe financiación del gobierno, según Flagg.


“Todos tenemos una tradición en común”, dijo Flagg. “Todos pedimos limosna para poder practicar todos los días las obras de misericordia y las obras de justicia”.


Flagg trabaja como voluntario en el comedor desde 1983. Es una de las cinco personas que viven y trabajan tiempo completo en el comedor, por $10 a la semana.


Flagg cree que el trabajo en Casa María es gratificante porque “desafía a las autoridades superiores”.


Pasa la mayoría de su tiempo tratando de recoger a los pobres e informándoles que tienen una voz.


Casa María publica un boletín y reparte folletos sobre eventos próximos a la gente que llega al comedor.


Flagg dice que una de sus metas es “hacer que la gente aquí se interese, y se empiece a preguntar por qué hay tanta pobreza y hacer que empiecen a luchar para cambiar las cosas”.


Charlotte Speers es otra voluntaria que vive en el comedor y ha notado que más familias vienen a Casa María, especialmente familias del vecindario, para asegurarse de que sus hijos tengan algo que comer.


“Nadie viene aquí si no lo necesita”, dijo Speers. “Nadia se aprovecha de Casa María”.

Ryan Glashaw, un antiguo mecánico automotor, tiene 28 años de edad y vive en la calle. Viene a Casa María todos los días para encontrarse con sus amigos.


Glashaw y sus amigos tratan de permanecer juntos después de salir del comedor, pero si uno se extravía, todos saben que se deben encontrar en el comedor. De esta manera se pueden localizar a todos.


Cuando el grupo sale del comedor, se va al centro, toma el autobús y va a la oficina de trabajo temporal para buscar posibles trabajos. Al terminar el día, todos deben encontrar un lugar dónde puedan pasar la noche.


Glashaw tiene un iPod que lleva consigo porque encuentra que la música lo anima. Dice que una canción en particular que le ayuda a pasar esta etapa de su vida es “Imagine” de John Lennon.


Glashaw y su amigo Benjamin Cole, un antiguo cocinero de 30 años de edad, están considerando ingresar a una clínica de rehabilitación para enfrentar a sus problemas de drogadicción como una solución para restablecer sus vidas.


“He progresado el 60 por ciento del camino para volver a empezar y vencer mi problema de drogadicción, pero necesito ir a una clínica de rehabilitación para cerrar todas las puertas”, dijo Glashaw mientras se escuchaba “Imagine” en el fondo.


“No vamos a avanzar si dejamos para más tarde ir a una clínica de rehabilitación”.

Sheryl Rye se encontró en la calle después de estar en un accidente automovilístico cuando estaba borracha en el cual se lastimó el pie, dejándola incapaz de poder trabajar. Rye ha estado sin hogar por más de tres años.


“[El tener que vivir en la calle] me ha hecho una luchadora mas fuerte”, dijo Rye. “A veces tengo que luchar dos o tres veces al día para protegerme”.


Rye es hipoglucémica y piensa que esto la pone en desventaja.


“Ahora, soy un blanco peligroso”, dijo Rye. “Es como en el Serengeti, los animales van a atacar al punto más débil. Yo soy el punto más débil porque estoy enferma”.


Gracias a Casa María, Rye tiene amigos como Glashaw y Cole que cuidan de ella cuando tiene poca energía.


“Si alguien tiene poca energía, tratamos de distribuirnos el trabajo”, dijo Glashaw con certeza. Cuando Rye no se siente bien, los amigos juntan su dinero para que Rye pueda tomar un autobús y encontrarse con ellos. Los demás caminan a su destino, pero quieren que ella permanezca en el grupo.


Glashaw tiene esperanza de que la vida no siempre va a ser así para su grupo de amigos.


“Las tonterías que hacemos, ya sea vender drogas, vender nuestro cuerpo, robar, ya nos cansamos de eso”, dijo Glashaw. “Estoy listo para un cambio bueno para variar”.


Mientras toman un tazón de sopa, el grupo se sienta en su mesa de picnic todos los días bajo la sombra de Casa María para planear diferentes maneras para vencer a la pobreza, pero más que nada, para ayudarse el uno al otro a sobrevivir.


 

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